No tengo tiempo

El título de hoy es un titular que resumiría la vida cotidiana de muchos de nosotros. El tiempo, ese gran tesoro, poco valorado y que sólo nos acordamos de el cuando se va… Imaginariosposibles habla de la “trampa” del tiempo en nuestra vida. Si algunas veces comentamos aquello de qué fue antes, el huevo o la gallina, con el tiempo deberíamos hacernos la misma pregunta, ¿ el  tiempo nos domina, nos condiciona?, parafraseando a nuestro autor, ¡mandemos al tiempo a paseo para que podamos pasear cómodos! Aquellos que disfrutan de su tiempo disfrutan de su vida, porque resumiendo, si hay una moneda para valorar la vida, no es ni el dólar ni el euro, es el TIEMPO

 

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Vivimos a velocidad de vértigo. Rápidos nos dirigimos a nuestra tumba, y ni nos paramos un momento para ver toda la belleza que nos rodea. Solo miramos lo feo, nos llama la atención, y cuanto más lo miramos, más información nos da, ocupando nuestra mente y no dejando espacio para otra cosa. Del universo que tenemos alrededor solo dejamos entrar lo que no nos gusta. Y pareciera que anhelamos desgracias y fealdad, porque al final no es que la veamos, sino que lo creamos. Con nuestra mirada sobre el mundo hacemos un universo del que queremos salir. Y de ahí tanta prisa hacia nuestra muerte. Para escapar de la trampa que nosotros mismos hemos construido.

Cuando disfrutamos no tenemos prisa, sino que alargamos el final, no queremos que acabe. Estamos en estos momentos realmente viviendo. Ahí el tiempo desaparece. No existe. En cambio el tiempo se hace más presente cuando miramos el final. Somos conscientes de cada milésima de segundo. El tiempo en su estancamiento se hace presente en el reloj que cuelga sobre nuestras cabezas. En ese momento, en el que va todo a cámara lenta, cada paso es un sofoco, cada movimiento un sinfín que parece no terminarse porque ansiamos su fin.

¿Por qué tenemos tanta prisa? Para dejar de hacer, para terminar lo que estamos haciendo, porque no encontramos ningún sosiego en ello. Nos imaginamos no haciendo nada, en un paraíso en el que no hay reloj, en el que medir el tiempo no tenga sentido. Pero lo estamos midiendo, y más en nuestra época en que los relojes nos asedian y nos recuerdan que vamos tarde, que no llegamos, que tenemos que ir al sprint.

¡Cuántas veces vamos justos por un minuto! Todo nos descuadra por un simple minuto. Y la rueda nos castiga por ese minuto. Por ese minuto alguien ha tenido que esperar, y se convierte en dos, y así continúa el efecto mariposa por aquel que pierde media hora, el otro, dos días, y los muchos la vida.

Vamos siempre por detrás, las cosas eran para ayer. No hay nada para nuestro momento presente. Siempre llegamos tarde a todos sitios menos aquel al que estamos citados. Nuestra defunción. Se da la paradoja que el que más presente tiene el tiempo, más prisa tiene por dirigirse al llamado descanso eterno. Porque tanto cansancio nos provoca nuestra vida, que eso es lo que en realidad deseamos. Ese descanso paradisiaco que nos saque de este sin vivir.

Decía Kant que el tiempo no está en la realidad sino que lo ponemos nosotros. Lo traemos de fábrica. Lo que para unos es unos segundos para otros son horas. Así consensuamos el tiempo para poder quedar en algún sitio en alguna hora, porque si fuese por cada uno siempre estaríamos en un desencuentro permanente. Por ello ese tiempo debemos consensuarlo para que no corra tan deprisa, para que podamos encontrarnos, y para ello necesitamos estar en pausa. Corriendo es complicado mantener una conversación con nadie. Estamos solos en nuestra prisa. Paremos un poco y quedemos en las plazas, hagamos de los lugares públicos sitios de encuentro, para no hablar de nada, para no llegar a ningún sitio, para compartir la belleza de lo que nos rodea.

La Cabrera y su entorno es precioso, pero tiene que venir alguien de fuera, de paso, para hacernos caer en la cuenta de la maravillosa sierra que siempre tenemos delante y que casi nunca vemos. Así que para empezar, hagamos un paseo por la dehesa, por la ladera del Pico, por las calles del pueblo. Habituémonos a pasear por la plaza y a conversar, sin más intención que la del disfrute de donde estamos, sin pensar en que estamos perdiendo el tiempo porque estamos dejando de hacer montón de cosas. Y es que no tenemos tiempo para perderlo nos decimos. Por ello la filosofía es una ave rara que no se la degusta, porque se pierde el tiempo en hablar del tiempo, mientras el mundo nos requiere para hacer montón de cosas que dejamos de hacer.

Cuando estamos realmente viviendo es cuando disfrutamos de los procesos, cuando el tiempo ni se tiene en cuenta, porque ha dejado de importar. Es solo en la serenidad cuando somos eternos y gozamos del universo al que pertenecemos. Hagamos lo que estamos haciendo de verdad, con nuestro ser en ello y no pensando en la tarea de después. Las listas nos ahogan, porque son infinitas, porque siempre hay un punto después. De este modo, lo que hacemos, lo queremos terminar cuanto antes, para comenzar la siguiente. Y ahí cuando no queremos perder el tiempo, es cuando menos aprovechamos nuestra vida. Así que disfrutemos un poco y mandemos al tiempo de paseo, ese tiempo que lo ponemos nosotros, y que nos sitúa en una cueva que no nos deja respirar. Abramos los ojos, abramos nuestra vida y sin ninguna intención vivamos plenamente y que sea el tiempo el que nos espere.

 

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