A vista de pájaro

El primer lunes otoñal es pura reflexión. Nos planteamos que nos depara esta nueva temporada escolar, laboral, personal y todos nos acogemos a que los bronceados del verano, poco a poco, van dejando ver el verdadero color de nuestra piel, y ahí es donde tenemos que mostrarnos como somos

Imaginariosposibles nos ofrece su ejercicio filosófico semanal. En este caso también propone un movimiento no sólo mental sino físico. Nos invita a subir al Pico de la Miel, o a la “Ventana” a divisar el mundo sin nosotros, porque también existió, existirá y aunque no lo creamos muchos, existe. Divisar nuestro horizonte para observar las continuas ramificaciones de caminos a las que estamos expuestos, nos ayudará a tener una visión más real y relativa de nuestra existencia. Destaco una frase: “…el hecho de ser conscientes de nuestra propia muerte nos tiene que dar la libertad de inventarnos” Somos lo que pensamos, lo que percibimos.

Pico de la Miel

A vista de pájaro

El mundo se nos presenta como un caos de sensaciones sin ningún sentido. Al mirar ordenamos y damos sentido, y lo vamos haciendo poniendo parches a medida que vamos viviendo. Un poco de allí, otro poco de allá. Con el paso del tiempo esta amalgama se va fosilizando, perdiendo la perspectiva original. Si no reactualizamos nuestro sistema, no vamos a ver otra cosa que la que ya está ordenado de antemano. Necesitamos ordenar, pero una vez colocado, nos encontramos con el problema de que ya no cabe nada más. Para ello necesitamos tener una estructura flexible que permita nuevos casos e incluso una restructuración que posibilite un mundo imposible de imaginar hasta el momento.

Una manera de salirnos de nuestro encierro es mediante la abstracción. Cuando estamos subsumidos en nuestro mundo concreto no vemos más allá y la abstracción nos permite tomar distancia; y con el horizonte más amplio, aparecen otras cosas, que desde abajo no podíamos abarcar.  

Si subimos al Pico de la Miel y miramos La Cabrera desde ahí, salimos de nuestra cotidianidad y contemplamos el horizonte en el que nos hallamos día a día. Nuestra insignificancia se nos hace presente en esta toma de distancia. Lo que creíamos necesario deja de serlo. Ahora mismo el mundo sigue funcionando pero sin estar nosotros. Lo hace del mismo modo, pero ya no estamos, en este momento contemplamos desde el Pico un mundo que por unos instantes hemos abandonado.

Llegará un momento en el que definitivamente ya no estemos, y todo seguirá. El hecho de ser conscientes de nuestra muerte nos tiene que dar la libertad para inventarnos y no tener por qué seguir representando el papel que habitualmente representamos.

A vista de pájaro, sobrevolamos el escenario, nuestra cueva diaria, el mundo entero cuando estamos ahí metidos. Es desde el Pico, o para quien no pueda subirse, desde algunas de las piedras que están al principio de la Dehesa, como la conocida como ventana, donde podemos tener una mirada que abarque nuestras representaciones diarias. Contemplamos todo y dejan de tener sentido nuestras rencillas cotidianas. Nuestras preocupaciones se convierten en hormiguitas que observamos desde el alto cielo.

Este cambio de perspectiva nos sitúa fuera de nosotros pudiendo tratar temas que nos quitaban el sueño. Tomamos la distancia necesaria y así podemos ver qué elementos entraban en juego y se nos escapaban. Con más espacio, la barrera que no nos dejaba avanzar, aparece limitada, y sus bordes se definen desde el horizonte. Reconocido y definido el problema, ya nos podemos poner en marcha para saltarlo, atravesarlo o rodearlo.

¿Qué es lo máximo que podemos temer? La muerte, nuestra desaparición. Desde lo alto, podemos tener una experiencia del mundo sin nosotros. Y sin nosotros como elemento, veremos que el mundo se reorganiza. No somos imprescindibles, pero al mismo tiempo, una vez liberados de nuestros más profundos temores, podemos volver al juego. Y sin miedo jugar. La idea de la muerte es una idea liberadora, porque igual que puedo pensar en mi desaparición, puedo pensar en que puedo volver y hacer cualquier cosa que no podía porque mis miedos me lo impedían. Así nos acabamos convirtiendo en buenos jugadores, en creadores de juego, porque hemos visto desde lo alto que no es necesario repetir el juego, sino que podemos jugar a nuevas cosas. Cada juego lo hacen los propios jugadores, si estos cambian, el juego adquiere derroteros imprevisibles.

¿Por qué hemos subido a lo alto? Por cansancio de un juego al que ya no queremos jugar. ¿Qué nos obliga a seguir jugando si sabemos que un día lo vamos a dejar de jugar? Podemos adelantar el final del juego, y comenzar a jugar a otro juego. El que acabamos de dejar tuvo su sentido, pero su repetición constante nos ha llevado a la neurosis, individual y colectiva. Es hora de proponer nuevos juegos, aquellos en los que disfrutemos jugando. Pero un juego no lo hace una sola persona, sino que se juega con muchos; y para ello tiene que ser compartido: proponiendo, aceptando y debatiendo. Y en ello nos va nuestro mundo, porque es un mundo que estamos construyendo.

El mundo que habitamos está deseoso de un cambio de rumbo, de la irrupción de nuevos jugadores que propongan sorprendentes vías ante el tedio que habitamos. Solo hay que proponérselo y consensuar una nueva partida. No sin antes pasar por el Pico de la Miel y contemplar nuestra vida como si nosotros ya no estuviésemos en ella.

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