Mirada de reproche

Un lunes más a reflexionar.

“Buscamos seguridad y nos convertimos en verdugos de lo espontáneo” palabras que propone imaginariosposibles para hoy. Habla de la escasez de exploradores de lo vital para convertirnos en oteros del contexto. No podemos delimitarnos a lo que nos acomoda porque es ese lugar el que nos consumirá sin ningún motivo, en lugar de crecer y avanzar. En La Cabrera nos hemos acomodado mucho al no apostar para progresar y ese es el error que nos puede llevar a seguir creyendo que el mundo es plano y que el sol gira a nuestro alrededor. No seamos vacas mirando al tren porque un día los trenes dejaran de pasar y no nos quedará pasto que degustar. 

Vacas en La Cabrera

Cuando no estamos abiertos a la pura originalidad del otro, lo vemos desde nuestros parámetros, y desde ahí tenemos creada una imagen de cómo debe ser el otro. Cada vez que el otro hace algo no esperado, en vez de alegrarnos por descubrir nuevas vías, nos encolerizamos y le reprochamos su existencia. No ha hecho lo que se suponía que tenía que hacer. Y esto nos causa enfado. Vivimos en lo asegurado, y esto implica que ya esperamos cosas, que el mundo no puede ser de otra manera que de la que estamos acostumbrados. Cualquier cambio en el guion es un fastidio que no podemos soportar, y lucharemos para que no se dé. Cada uno de nosotros es guardián de una costumbre que maniáticamente mantiene e insiste en ella a diario.

Los otros son esos seres extraños que pueden no cumplir el guión que sobre ellos habíamos puesto. Por ello cuando hacen algo no previsto, nuestra mirada se convierte en una mirada de reproche. No ha actuado como debería haber actuado y esto se castiga con nuestra mirada. Cuando el otro hace lo esperado, se le premia con mirada sonriente, pero cuando no, todas aquellas caras sonrientes que alientan al otro a ocupar su sitio, se tornan monstruosas. Nos convertimos en verdugos de la espontaneidad, caras de rostro amenazante que, a latigazos, obligan al otro a volver a encasillarse.

En ese cruce de miradas de reproche se están asignando nuestros lugares específicos. Cada individuo es en un espacio, aquel al cual todos señalan. Miradas que clavan la vista en esa parcela que nos empequeñece. No pudiendo más que sentir claustrofobia por vernos encerrados en esos ojos que siempre contemplan y controlan cada movimiento que hacemos. Vigilancia recíproca de nuestras conductas que intenta evitar que cada cual deje de desempeñar su papel previsto.

Normalmente no aparece la sensación de disgusto al ocupar el lugar asignado, ya que esta colocación se toma como propia y elegida. Se teme abandonar ese espacio, no solo por miedo a la reprimenda, sino porque también sobreviene un sentimiento de angustia cuando se mira allí donde no se ha mirado hasta ahora. Surge el temor por sentirse perdido, por dejar de ser lo que se venía siendo, prefiriendo situarse allí donde uno está y no explorar nuevos caminos.

Pero en ocasiones aparecen grietas en estas estructuras que procuran eliminar cualquier nueva vía en el mundo. Y por estas cavidades el sujeto empieza a ver la posibilidad de otro mundo más allá del espacio que los demás ferozmente le indican. Cuando esto sucede, cuando surge algún explorador, sujeto indefinible desde la óptica de la costumbre, la ortopedia social se cierne sobre él. Esta desviación se tiene que enderezar para que el mundo siga como está. Ese caos inercial debe ser corregido o tenerlo como un ejemplo de inhumanidad, para que los demás no se sientan atraídos y sigan funcionando como piezas de este todo social que ellas mismas forman. Seres dóciles sometidos a los designios de la voluntad general, que se mantienen a través de una sujeción estricta, sutil y de apariencia inofensiva.

Esos sujetos indefinibles, en la mayoría de los casos, sirven para reforzar el poder de lo que se ha venido haciendo siempre, haciendo una unión mucho más fuerte entre los individuos definidos frente a este enemigo común. Este explorador de mundos es el que está dando cohesión a la comunidad, porque hace que los otros se acerquen en esta mirada de reproche que ahora comparten frente a lo extraño.

El problema no viene cuando es solo un sujeto aislado el que se desvía, sino cuando las desviaciones empiezan a surgir desde muchos puntos. Porque solo es positivo este elemento de cara al orden social cuando está administrado en pequeñas dosis, ya que a grandes puede empezar a desestabilizar tal orden. Por ello, para que se mantenga todo como está, se dirigen nuestros ojos a cualquier extraño movimiento con mirada de reproche para que no se vuelva a repetir. Vamos tendiendo a un control de la conducta que nos convierte en seres totalmente mecanizados, en los que deja de existir cualquier espacio donde pueda darse la espontaneidad. En cuanto hay un pequeño rastro de originalidad, es cuando sobreviene la pena simbolizada en nuestros furiosos ojos. Castigo que se impone sobre los individuos, no tanto por lo realizado, sino por lo que son y pueden llegar a ser.

Nos echamos encima de cualquier indicio de actos imposibles digerir desde nuestra perspectiva. Aquello que incomoda debe desaparecer para que se mantenga el orden social. Cada uno de nosotros con mirada de reproche nos convertimos en vigilantes de este orden de cosas. Es la mayoría normal, la que asustada ante lo extraño, hace todo lo posible por aniquilar y comenzar el trabajo de normalización sobre lo extraño.

Cualquier gesto ajeno a la norma es anotado, cualquier comportamiento atrevido es vigilado. A través de la disciplina se va formando la conducta, y con ella el individuo. Éste, como parte del cuerpo social es algo que se fabrica. El sujeto se halla constantemente examinado. En cualquier acto que realice tendrá sobre él una mirada normalizadora; una mirada que le clasifique y califique. Todo movimiento que hagamos tendrá que ser el que se espera. Nuestro futuro está definido, ya no cabe la sorpresa. Nuestra muerte está administrada al suprimirse todo lo que pueda turbar y distraer el cauce ya previsto de los individuos.

El sujeto siente que lo miran en todo momento, y eso es lo que busca la vigilancia que cada uno de nosotros realizamos cuando miramos desde el reproche. Si el otro se siente constantemente vigilado, al final acabará integrando esta vigilancia y actuando según lo que se espera. Los efectos de la norma se adquieren así de una vez para siempre. Una norma que empezó a introducirse, no como una coacción rígida, sino de manera sutil, desde la educación;  ésta silenciosamente va penetrando en el comportamiento, en lo que creemos más nuestro. Educar es, desde esta óptica, adaptar, normalizar y eliminar las imperfecciones que puedan verse en el niño, suavizando así sus bruscos caracteres.

Para romper esta tendencia de la que cada uno es vigilante del mundo tal cual conocemos, es necesario aparcar la mirada de reproche y mirar más comprensivamente lo que nos rodea. Es esta la única manera de comenzar a surcar nuevos mares y comenzar a vivir, dejando de administrar nuestra muerte y lanzarnos a la aventura de nuestra existencia. Dejémonos ser, permitámonos vivir y no nos estanquemos en repetir lo ya vivido hasta la saciedad, porque tenemos todo un mundo ahí delante por descubrir.

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3 thoughts on “Mirada de reproche

  1. Yo estoy un poco harto de que la gente se crea juez y ande juzgando a todo el mundo. Y todo para que se queden las cosas como están ahora. Nos tendríamos que preguntar cada uno si somos felices tal como estamos. Si la respuesta es no, hagamos algo. Si la respuesta es sí, que por favor me digan cómo lo hacen que yo también quiero estar bien.

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  2. Como todos los lunes, una ración de introspección, de pararse a pensar y a pensarse.
    Y como dice Ascilto, dejemos de juzgar, aceptémonos como somos.
    Vamos a disfrutar de lo que tenemos y no aspiremos a nada mas.
    Lo demás, con esa actitud, vendrá solo.
    Vive y deja vivir.

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