Al encuentro con el otro

Arrancamos curso político y éste no es más que un pequeño paso de nuestro curso vital. Para ello imaginariosposibles nos vuelve a sorprender con una propuesta que nos traslada a un viaje complejo hacia nosotros mismos, nuestro interior. Para algunos en un viaje tan largo que nunca llega al final, para otros llega tan pronto que ni tan siquiera lo inicia- aunque piense que sí- y para otros, lo inician pero se da la vuelta al comprobar que es un viaje hacia lo más desconocido del mundo más próximo, nosotros.

Imaginariosposibles nos decía éste domingo si sus propuestas eran demasiado arriesgadas, profundas, densas, a lo que le contestamos que hacer pensar nunca es denso para aquellos que quieren crecer.

“El otro es aquel que tiene la capacidad de sacarnos de lo esperado” ésta es una frase de nuestro invitado que ejemplifica lo que nos ofrecen nuestros compañeros de viaje. El otro hace que uno sea más uno, y lo que nunca debemos olvidar que quien para nosotros es el otro, nosotros seremos su otro.

El otro representa un infranqueable límite a mi existencia. Si cada uno crea mundos, el otro no es objeto pasivo que se deje colocar en un mundo que hayamos construido nosotros. El otro también hace su mundo.

La única vía que tenemos para acercarnos al otro es a través de nosotros mismos. Por ello nuestra mirada tiene que ser lo más transparente posible para poder aproximarme sin interferencias. El propósito se las trae, porque si incluso en física, la presencia del observador ha de ser tenida en cuenta al analizar los resultados de lo observado, en los asuntos humanos estamos más que inmersos en aquello que se mira.

Comprender al otro requiere una comprensión de nosotros mismos, ya que al no ser posible una mirada completamente transparente, tenemos que hacernos conscientes desde dónde estamos mirando, la circunstancia concreta de quien mira. Solo así nos podremos situar en las inmediaciones del otro, solo así estaremos abiertos a su originalidad y autenticidad.

El otro es aquel que tiene capacidad de sorprendernos al sacarnos de lo esperado, un ser extraño e imposible de etiquetar, al que cotidianamente encasillamos desde nuestros prejuicios. Para estar abiertos a la novedad que supone el otro hay que mirar con el menor número de impedimentos para experimentar su auténtica presencia. No tendremos que etiquetarlo de antemano, porque al hacerlo, todo detalle que nos presenta acabará colocado en el mundo que sobre el otro ponemos. Si, en cambio, suspendemos el juicio, y simplemente miramos, pondremos las bases para situarnos en un espacio de intercambio, en el que sin dejar de darnos, el otro también se pueda dar.

En el encuentro con el otro las dificultades y barreras aparecen en ambos lados. Primero por nuestra falta de transparencia al mirar y después porque ni el otro ni nosotros nos presentamos tal cual. Porque las relaciones humanas pueden conllevar riesgo, necesitamos poner barreras al otro mediante máscaras. Éstas hacen en nosotros la misma función de defensa que un caparazón de tortuga realiza sobre sus partes más delicadas. Pero esta barrera que surgió contra la intemperie, ha llegado a formar parte de nuestro yo. Aun así siempre queda algo original y único en cada uno de nosotros que ansía salir de los férreos barrotes que la detienen.

Esta individualidad se hace presente cuando nos dirigimos al encuentro con el otro. Aunque en un principio se muestra a través de su corporalidad, sus gestos acaban señalando su interior. Cualquier gesto es celebración del ser.  Y el más sublime de ellos, la mirada, acto propio de la expresión de nuestra intimidad. La mirada, con su complejo funcionamiento, sus movimientos de párpados, su retina o su brillo muestra las profundidades del otro. A través de la mirada nos mostramos. Y Aunque hay miradas que nos estudian como objetos, otras indiferentes o que buscan nuestro fallo, la mirada por excelencia, la que más belleza contiene, es la mirada que busca comprensión.

La comprensión del otro se aleja del solipsismo, ese egoísmo metafísico que no acepta al otro más que como inserto de su imaginación. El otro se me hace presente, tiene existencia real, a través de unos ojos que miran. Primero veo un cuerpo, con sus gestos y su mirada, y éstos como vestigio de su interior, me dan a conocer  su presencia. Cada día la mirada derriba las barreras que nos separan. Algunos días son las mismas, otros días nuevas.  Y es cuando las fronteras se diluyen cuando tenemos la oportunidad única para transitar la infinitud y originalidad del otro, la nuestra propia y la que surge en el cruce de miradas.

Aunque en muchas ocasiones las otras personas actúen de manera previsible, siempre habrá un hueco para la sorpresa. El camino del otro está por hacer, es un ser no terminado y su dirección es desconocida. Por costumbre creemos que mañana haremos determinadas cosas, pero esto puede repentinamente variar y encontrarnos en un mundo completamente distinto e inesperado. El otro es imprevisible, es una continua caja de sorpresas que nunca podrá ser reducido desde la imagen que ponemos sobre él. Ninguna palabra agota al otro, por eso comprender al otro es ir a su encuentro. Y el otro también tiene que querer. Es necesaria la unión de dos otros que miran para que en este nos-otros se junten las dos direcciones de este nuevo camino.

Mirando en el otro nos encontramos con nosotros mismos, porque para nosotros mismos también somos otro, propios desconocidos teniéndonos tan cerca. En el reflejo de los otros nos reconocemos, nos vemos como nunca podríamos vernos, ya que el otro nos aporta una perspectiva que sin su reflejo nunca podríamos tener.

Sin el otro hay experiencias imposibles, como es la muerte. Es a través de la muerte del otro como podemos tener consciencia de nuestra propia finitud. Y esta experiencia se vive en las propias carnes cuando es la muerte de alguien muy cercano la que nos hace morir y caer en la cuenta de nuestra condición. Ojos que nos miraban y que de repente quedan vacíos. Es el horizonte de la muerte el que nos centra en nuestra existencia.

Sombras en La cabrera

El otro, en su fuero interno, es pura fragilidad, aunque normalmente está escondida tras innumerables fortines. La fragilidad nunca va a florecer si miramos desde el reproche y la exigencia que castra posibles caminos a su existencia. El otro no es un ser extraño del que hay que huir y defenderse, sino que es alguien que busca, como nosotros, ser comprendido en su autenticidad, en su fragilidad e imperfección y en su alegría.  Estamos aquí para desarrollar las potencias que contenemos, y el otro es un compañero desde el que lanzarnos a la aventura de la existencia, una aventura que comienza en el encuentro de la mirada con el otro.

Cuando se cruzan las miradas, generalmente apartamos la vista, pero cuando la mirada del otro se mantiene, el otro comienza a ser desconcertante, abriéndose un mundo inquietante del que nada sabemos. El otro es lo extraño, lo distinto a nosotros, que además nos mira. Decía Antonio Machado: “el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. Así, en el siguiente encuentro que tengáis, mirad al otro a los ojos, y veréis a un otro que mira, un otro como tú, que lo hace desde un mundo que busca comprender. Desde ese momento compartimos un camino que está haciéndose en cada paso.

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