De extranjero a vecino…

Hoy, como buena lectura dominical, ofrecemos un texto escrito por uno de nuestro más de 500 vecinos que no tiene apellidos típicos de la zona, ni raíces como consecuencia de generaciones anteriores, ni tan siquiera fotografías antiguas con la Sierra de La Cabrera detrás. Les hablo de esas personas que un día decidieron hacer de nuestro pueblo el suyo. Ya sea por motivos laborales, sentimentales o medioambientales, estas personas un día decidieron formar parte de un proyecto común; La Cabrera.

Me gustaría que desde La Cabrera Informa, se escriba y se lean historias reales que hacen que todo sea más humano. Porque un pueblo lo forman personas que viven y conviven. En este caso se me ocurrió pedir a un vecino que ha elegido a La Cabrera como su pueblo para que nos explique su experiencia. Un joven inteligente e inquieto que nos ofrece su visión de cómo nuestro pueblo acoge a todo aquel que un día por elección o necesidad, forma parte de La Cabrera.

Enhorabuena a todos, porque este ejemplo nos habla de como alguien no se siente extranjero en La Cabrera. Alguien que trabaja y vive en nuestro pueblo.

¿Extranjero?

—¿Por qué no nos cuentas como vive en La Cabrera un extranjero?— confesare que la misión que me encomendó Aitor se me antojó tan seductora como difícil, no me siento digno de hablar por nadie más que mi mismo, aún así haré mi mejor esfuerzo, espero no aburrir a nadie…

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Recuerdo que la primera vez que pisé La Cabrera me sorprendió la fuerza con la que las ráfagas de aire nos recibieron a mi familia y a mi, aparecían de improviso llevándose las hojas convertidas en ligeras bailarinas a la fuga danzando sobre los vendavales. Me hice con una cometa al poco tiempo intentando sacar partido de ello, pero resultó ser demasiado débil y se rompió el primer día que salí queriendo domar a los arrebatados hijos de Céfiro.

Cuando hablo con mis amigos en mi Chile natal se sorprenden de haya cruzado el Atlántico, recorrido tantos pueblos y ciudades sólo para quedarme en un humilde pueblecito y no haya escogido en su lugar vivir en una de las grandes capitales de España —¿qué gracia tiene asentarse en un pueblo?— me preguntan desconcertados.

Por supuesto que esto no es Madrid, ni necesita serlo. Lejos de las prisas, el estrés, el olor a esmog y el calor abrazador de la ciudad, La Cabrera se alza orgullosa como un fresco oasis de paz a sólo media hora de la capital. Dentro de sus límites se pueden explorar senderos interminables donde apenas ha dejado su huella el hombre, aventurarse a buscar los esotéricos rincones que ocultan campos vírgenes de coquetas amapolas. Se puede disfrutar de los nocturnos conciertos que las cigarras ofrecen y despertarse con el canto de las aves. He sido testigo de marciales procesiones de ovejas, tan alegres como hambrientas corriendo en busca de las verdes cabelleras del campo. Sobre el poblado emerge majestuosa la sierra de la cabrera, una cadena rocosa de más de 4 kilómetros que impasible vela el paciente pero inexorable avance humano. El cancho gordo con sus 1564 m. ofrece unas vistas espectaculares de toda la sierra y es el lugar ideal para cuando uno necesita ver las cosas desde otra perspectiva. Además la sierra de la cabrera está llena de vías que hacen las delicias de los escaladores que vienen día a día a echarse un pulso con la tierra. De hecho, nuestro “Espolón Manolín” es la vía clásica más escalada de toda España, mira tu por donde… Estando tan cerca de la capital ¿para qué iba a querer ruido? cada vez que me apetece me basta con coger el autobús a Madrid y callejear por por las grandes avenidas, o perderme entre los mares de gente del rastro la latina. Estoy lo suficientemente cerca como para poder disfrutar de toda la oferta cultural siempre que quiera sin sacrificar mi pequeño refugio del agitado mundo —todo ello sin contar con el centro de humanidades Cardenal Gonzaga, del que ya hablaré otro día porque se merece una entrada para sí solo—. Cuando me canso del frenético ritmo de la capital, simplemente vuelvo a ser el señor bolsón de bolsón cerrado y regreso a mi reducto de tranquilidad. Por cierto no soy el único errante que escogió dejar aquí el petate, somos más de 500 extranjeros los que hemos decidido vivir en La Cabrera —casi un 20% de la población, que no es poco—. Junto a los nativos nos hemos mezclado rumanos, marroquíes, ecuatorianos, colombianos, argentinos, chilenos y hasta alguna mexicana. Los que escogemos integrarnos nos encontramos con gente amable y curiosa dispuesta a compartir el pan y las historias que surjan —espero algún día adelantarme a Ricardo el carnicero e invitarle a un café como se merece y Dios manda. El bonachón tiene reflejos de espanto, siempre se me adelanta—.

Creo que es imprescindible haberse perdido para saberse encontrar —confesaré que aún me considero un perdido, es sólo que ahora me detengo a disfrutar de las vistas—, he vagado miles de kilómetros y vivido en muchas ciudades hasta que un día decidí pararme aquí, miré la tierra fértil y generosa, entonces hundí mis pies en ella, mis raíces empezaron a urgar juguetones, a acariciarse con los gusanos y nutrirse del suelo. Con el tiempo estas raíces han empezado a dar sus frutos en la forma de grandes amigos que atesoro, personas que me han abierto las puertas de sus casas y corazones —sospecho que hay algo en el aire de la sierra que erosiona las almas de los que aqui viven hasta dejarlas puras y transparentes como riachuelos vírgenes—, me encanta este pueblo.  

Para finalizar diré que creo que te he fallado Aitor, me pediste que os contase que se siente ser extranjero, pero yo no me siento un extraño. Hoy puedo decir orgulloso que aunque no haya nacido aquí me siento cabrereño. Aquí he madurado, me he tropezado y levantado ardiendo. Llevo seis años viviendo en La Cabrera, por fin estoy conociendo lo que se siente pertenecer a un lugar, y me gusta, espero que sea así durante muchos años. Aunque nunca se sabe, todavía guardo la esperanza de domesticar algún día estos fieros vendavales y construirme una cometa tan fuerte que surcando los vientos me lleve consigo a volar…

Vuestro amigo y vecino Salo.

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6 thoughts on “De extranjero a vecino…

  1. Muchas gracias Salo, por tu mirada limpia y positiva sobre nuestro pueblo.
    Quizás hay que no ser de aquí para sentirte de aquí. Sentirte, de esa manera plena y generosa, como tu te sientes. La historia, la memoria, las raíces, no nos dejan disfrutar como tu lo haces, de este rincón de la tierra.
    A mi me has enseñado a mirar La Cabrera de otra manera, desde otra perspectiva.
    Es, hasta posible, que desde hoy el viento de La Cabrera, lo vea como la fuerza que hace volar las cometas.

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    1. Gracias a tí Alegría por tus preciadas reflexiones. A veces la pesada carga de la rutina posa un velo sobre nuestra mirada y nos impide ver la magia que nos rodea. ¡Ojalá pudiesemos ver como ven los niños! y observarlo todo con el asombro de quien fija sus ojos sobre algo por primera vez. Si de toda esa parrafada has conseguido vislumbrar aunque sea por sólo un momento la belleza que aquí nos envuelve, entonces creo habrá valido la pena el tiempo que has invertido en leerlo.

      Y gracias también Aitor por ofrecerme la oportunidad de compartiros mis pobres inquietudes, es todo un privilegio y un honor 🙂

      PD: La cometa va en camino…

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